Por qué voy a votar a Nafarroa Bai
 
   
 

Paco Roda
Diario de Noticias, 11 mayo 2007


Porque no creo en una izquierda a piñón fijo. Como tampoco creo en una izquierda que se arrogue patentes exclusivas de nada, ni siquiera el lábel exclusivo de la rebeldía. No creo en una izquierda de principios inexorables o en aquélla que basa su ideario sólo en las buenas intenciones. Porque no creo en una izquierda de visionarios, ni alucinados, ni tampoco en esa izquierda angelical que sigue creyendo en un mundo sin mal y sin muertes. Eso ya lo dijo Dostoievski cuando escribió El sueño de un hombre ridículo . Porque no creo en una izquierda arrogante, con la franquicia de una ética impecable, aquélla que sitúa a sus defensores y militantes por encima del bien y del mal. Tampoco creo en una izquierda comodona, en ésa que se apelmaza porque no quiere rendir cuentas de su existencia, porque no tiene que demostrar nada, ni esforzarse por pensar, ni retorcer sus estrategias ante el presente, ante el cual casi siempre se disculpa. Y es que sólo se siente cómoda cuando habla de futuro. Porque más allá de ella, sólo existe la culpa ajena y la responsabilidad de los demás. 


Porque no me gusta una izquierda que sólo espera de los excluidos y miserables que se hagan el haraquiri. No quiero una izquierda que me apacigüe, que me remanse, que me lleve por el buen camino. Por el único camino. El que me promociona como el ciudadano rebelde por antonomasia. Aunque luego me impida ser crítico, destructivamente crítico. Porque nunca me deja dudar. Porque sólo ella es la buena conciencia. 


Alguien me dijo en cierta ocasión que la izquierda ha pasado a ser el mayor dispositivo de producción de subjetividades con buena conciencia después de la Iglesia Católica. Porque no confío en una izquierda instalada en la permanente queja, en la confrontación, en la resta. O en la búsqueda permanente de un estado elegido, de un pueblo elegido, de un lugar elegido; donde allí y sólo allí encontremos el nirvana. Porque la identidad, pese a ser necesaria, no debe construirse sobre un campo de cenizas. 


No quiero una izquierda que sólo me hable de unos pocos, de los auténticos, los designados, los exclusivamente facultados para cambiar el mundo. No quiero una izquierda que hable de ella como la única noble y coherente porque el resto son viles y traidores. Porque no creo ni confío en una izquierda que considere que siempre hay un ello freudiano culpable de todas nuestras desdichas. 


Desconfío de una izquierda simpática con la gente. Porque prefiero una izquierda empática. No creo en una izquierda determinista, ésa que sólo sabe resolver ecuaciones de primer grado. Desconfío de una izquierda alejada de la gente y de sus geografías personales. Porque no creo en una izquierda que no me proponga liberaciones y autonomías de las de verdad. Aquéllas que nos permitan la existencia sin pedir permiso a nadie para vivir. 


Toni Negri, uno de los principales pensadores de la teoría del Estado, ha dicho que el socialismo ya ha dado todo lo que nos podía dar: otro modelo de gestión, otro modelo de capital, otro modelo de ser patrón. Y se pregunta: ¿Es posible que ser productivo pueda coincidir con ser más libre? Digo esto porque sólo quien nos proponga ser más libres, en el sentido más republicano de la existencia, merece mi confianza. Dicho así, incluso puede resultar arrogante. Poco político, escasamente denso, intelectualmente esponjoso y nada argumentado. Metafísica de saldo o autoayuda política para lo que exige el momento. Pues bien. Prefiero quedarme con esa izquierda que remira el presente sin renegar de la utopía más radical de la existencia. Consciente de la realidad pero sin caer en la trampa socialdemócrata del realismo político. Exigente consigo misma y atrevida. Crítica y autocrítica. Renovadora y retadora. Que destruya el entramado de la perversión de la ética pública. Consciente de su tiempo y a la vez entusiasmada porque cree firmemente que el modelo capitalista puede ser, no solamente reinterpretado y gestionado de otras formas, sino además cambiado. Porque si un día Francis Fukuyama dijo que la historia había muerto, esta izquierda tendrá que decir que la historia aún no ha dicho la última palabra. Porque creo en una izquierda radical, que vaya a la raíz de los conflictos, sin miedo a darse de bruces con la realidad. Y que, además, proponga soluciones. Creo en la izquierda que apuesta por las multitudes, que se instala en la construcción participativa desde la multitud. Porque ningún conflicto político se resuelve hoy sin contar con la participación global de las multitudes que lo padecen. Y eso se trabaja. No sólo se vocea. Creo en una izquierda que supere su rígida estructura de partido, que apueste por modalidades, aunque incómodas, resolutivas. Creo en una izquierda seductora, pero sin perder su compostura combativa. Creo, finalmente, en una izquierda que también gestione la paz en este país, Euskalherria, porque este país envilecido, cansado, redimido mil veces por falsos profetas, necesita encontrar un lugar común. Necesita sentirse parte de un todo, quizás más universal que el mapa oficial anunciado y santificado por la historia. 


Sé que no va a ser fácil. Porque nos hemos acostumbrado al desacuerdo permanente como elemento definitorio de nuestra razón de ser. Porque la confrontación nos reafirma, nos salva, nos blinda internamente ante la desnudez de nuestras miserias. Nos libra de la autoinculpación imperdonable de una moral entreguista o revisionista del destino. Apuesto por una izquierda que apueste por la paz. Y no a cualquier precio. De eso solo hablará la historia. 


No voy a decir que Nafarroa Bai sea el retrato perfecto de esa izquierda en la que creo. Pero se acerca bastante. Y es que ha generado cuatro dinámicas expansivas muy influyentes. Primera: al margen de su compleja amalgama de siglas, propone una novedosa gestión de lo político y lo social más allá del rígido ideario partidista. Segunda: plantea dos ideas fundamentales sobre las que construir una nueva sociedad. Son valores, a mi parecer, muy republicanos: la igualdad de oportunidades y la redistribución de la riqueza. Tercera: su nacionalismo es incluyente. Algo complejo de desarrollar en estos tiempos de amarre a la identidad como tabla de salvación. Y cuarta, su marca ha generado ilusión y confianza entre muchos sectores de la izquierda social, vasquista y abertzale. Ilusión por invertir el destino de esta tierra. Y eso es mucho para estos tiempos de barbecho emocional. Porque, como dice Argullol, uno no pierde la esperanza de llegar a un lugar donde, de nuevo, algo ocurra por primera vez. Por eso voy a votar a Nafarroa Bai.